El sol entraba tímido por ventanas y escalera. La hora del Ángelus se acerca a lo acordado se repetía y las 11.52 horas nuestra cruz de guía salía.
Sonó la marcha y la Corporación se derramaba entre nosotros. Nazarenos blancos, insignias y velas.
Jesus Humillado nos bendecida majestuoso desde su trono renovado. Atalaya de madera y plata.
Trono de cuatro pebeteros de incienso, frase de alivio y hombres de tronos serios. Todos a una. Todo por El y de El.
El maldito sayon azotaba, el callaba. Es Lunes Santo.
En la casa de siempre, en el sitio de siempre y con los mismos de siempre, Maria Bendecida inundaba de alegría las almas de los presentes. Jornada de reencuentros, de familia, de amor. El alma se bañaba de Semana Santa, añeja y nueva, renovada y vieja.
La vida se volvía abrir paso, los miedos quedaban atrás o al menos por un rato. Momentos efímeros que llena los corazones y los recuerdos.
Jesus Humillado nos enseñaba la senda, el camino y la gloria. Maria Bendecida ganaba la batalla a la melancolía de dos años de pandemia.
Vestida de recuerdos, de señales y de pequeñas joyitas del pasado.
Dos ángeles nuevos la acompañaban junto a su manto bordado.
El bálsamo del espíritu era aplicado en nuestra estación de penitencia, seria y limpia.
Lunes Santo Perfecto, procesión perfecta y Corporación perfecta. Detalle a detalle. Todo cuidado, todo pensado y es que cuando todo de mima con amor y se ejecuta con cariño es difícil que algo salga mal.
El Lunes Santo concluía y comenzaba de nuevo en un tiempo nuevo y con el tiempo viejo.
Todo sigue, todo vuelve y es que cuarenta y un años no es nada….
Gracias Padre. Gracias Madre.
Ya huele a Semana Santa.
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